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EL ULTIMO REFUGIO INCA
CUSCO
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Machu Picchu
En busca del último refugio inca
¿Cómo fueron los días previos
del hallazgo de Machu Picchu, uno de los atractivos más visitados
del mundo?, ¿cómo llegó Hiram Bingham -el terco explorador norteamericano-
a esta insondable montaña andina rodeada de precipicios y levantada
a casi 2400 m.s.n.m.?, ¿se trató de un golpe de suerte o del
merecido premio a la persistencia de un arqueólogo? En esta
crónica, sustentada en los relatos del propio Bingham en su
libro "La Ciudad Perdida de los Incas", tratamos de responder
algunas de las incógnitas que envuelven a este misterioso complejo
inca, declarado por la UNESCO, en 1983, como Patrimonio Cultural
de la Humanidad
El día recibió a Hiram Bingham y a sus compañeros de expedición con una helada llovizna y un friecillo matinal, que congelaba las ganas de continuar el ascenso por las escarpadas alturas andinas; pero él, como encargado del grupo, no podía dejarse vencer por las inclemencias del clima serrano. Tenía que seguir en la búsqueda de la última capital incaica.
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Los expedicionarios -que ahora sufrían las inclemencias del tiempo- habían salido del Cusco con dirección a las mesetas del gran cañón del Urubamba; además de Bingham, el grupo estaba conformado por el naturalista Harry Ward Foote, el cirujano Wm. G. Erving y el sargento Carrasco, quien, además de encargarse de la seguridad, servía de intérprete debido a sus conocimientos del quechua.
Pero ese día el clima no se presentaba muy propicio para el recorrido. Tanto así, que Melchor Arteaga, el arrendatario de las tierras donde los exploradores habían pasado la noche y por el ende el único que conocía la zona, tiritaba de frío y se negaba a servir de guía, a pesar del empecinamiento de Bingham, que no cejaba en sus intentos por convencerlo.
Al final lo consiguió, aunque no tuvo la misma suerte con sus compañeros, que decidieron quedarse en el campamento. El naturalista estaba entusiasmado por incrementar su colección de mariposas, mientras que el doctor prefería quedarse para arreglar su ropa.
Y en esa fría mañana andina, Bingham, Arteaga y Carrasco, los dos últimos más por trabajo que por convicción, se alejaron del campamento. Nadie podía presagiar siquiera, lo que iban a encontrar. El calendario marcaba 24 de julio de 1911.
El explorador y su conquista
Viajero impenitente, Bingham, buscaba aquel bastión prehispánico, donde por 35 años habrían vivido -ajenos al dominio español- los últimos incas y gran parte de la nobleza quechua. Un auténtico santuario que se había mantenido aislado del resto del imperio, perdido entre una de las tantas montañas que rodean el Cusco.
¿Pero quién era este larguirucho investigador? ¿qué lo animaba a adentrarse por tan insondables caminos incas?. Antropólogo, profesor y explorador innato, Bingham nació en una de las islas de Hawai, llamada Koolau Maui y realizó sus estudios en las universidades de Yale y Harvard, para dedicarse tiempo después a la enseñanza.
Hasta que un buen día, el explorador que había dentro de él, lo obligó a abandonar las aulas y viajar a la tierra de los incas. Se había fijado una meta: llegar a la ciudad perdida de los hijos del Sol, que era todo un misterio de la historia. La universidad de Yale decidió auspiciar su aventura.
Y fue así que a sus 35 años, el investigador se encontraba recorriendo a lomo de bestia los alrededores del sonoro cañón del Urubamba, la fortaleza incaica de Salapunco y el complejo de Torontoy, en compañía de un naturalista, un cirujano y un sargento quechua hablante.
De más está decir que el grupo quedó subyugado por la hechizante geografía: grandes picos nevados, atemorizantes precipicios que se perdían en las rugientes aguas del Urubamba y una fabulosa vegetación que los dejaba sin aliento.
Los avatares de la travesía lo llevan a la zona de Mandor Pampa, donde conoce al arrendatario Melchor Arteaga, quien al enterarse de la búsqueda, le comentó acerca de la existencia de unas ruinas magníficas, en unas montañas llamadas Huayna Picchu "Montaña joven" y Machu Picchu "Montaña vieja".
Con la intención de comprobar ese dato, Bingham partió en dirección de aquellas pendientes escarpadas. Hacía frío al iniciar el recorrido, luego el sol calentaría sofocando a los hombres y a las bestias. El viaje se presentaba complicado, la geografía se volvía boscosa y el camino caprichoso y agotador.
Las dudas sobre si valía la pena o no tan penoso recorrido, empezaban a martillar la cabeza del enjuto historiador. El camino ponía a prueba su disciplina, su perseverancia, su pasión por explorar lo desconocido. Tenía que continuar a pesar de las dificultades, a pesar de ese temible puente de madera y lianas... y lo cruzó, quizás con algo de temor. Bajo sus pies las aguas parecían deseosas de tragarlo.
Después de casi dos horas de extenuante andar, llegaron a una explanada a casi dos mil metros de altura, en la que encontraron a dos mestizos: Richarte y Álvarez, quienes le ofrecieron algo de comer y beber, además de importantísima información, que le daba un gustito especial a cada bocado.
Aquellos hombres que compartían sus alimentos, habitaban eso recónditos parajes desde hace 4 años. La tierra era generosa y daba excelentes frutos en las innumerables terrazas desperdigadas en los alrededores; pero los caminos eran difíciles, casi inaccesibles, por lo que ellos salían sólo una vez al mes... ah, y con respecto a las ruinas, dijeron que se encontraban más lejos, en unas montañas de precipicios infranqueables.
Bingham continuó la marcha en compañía de Carrasco y un nuevo "guía" -un pequeño niño- porque Arteaga decidió quedarse. Ni bien el grupo volteó la loma que estaba por delante, divisó un inesperado paisaje de cientos de terrazas invadidas por el verdor incontrolable de la ceja de selva.
Pero el camino no terminaba ahí, el pequeño guía se internó por la espesa vegetación hasta llegar a unas construcciones incas, cubiertas por la vegetación; entonces, era necesario abrirse paso entre el denso follaje. Bingham no salía de su asombro, atónito por lo que veía escribió en su diario: "¿Podrá alguien creerme lo que aquí he encontrado...?".
No le faltaba razón. Todo era tan hermoso, increíble, parecía irreal; porque esas paredes de granito blanco, encajaban a la perfección como si hubieran sido construidas por una mano divina. Qué lugar tan bello. Bingham, debió quedarse sin aliento.
¿Cómo se llamaba aquél lugar? Nadie lo sabía. El explorador decidió bautizarla con el nombre de la montaña que la cobijaba: Machu Picchu. Y así sería conocida en el mundo entero.
Hoy, casi un siglo después de su descubrimiento, la ciudadela inca sigue maravillando. Sus perfectos y finos diseños, sus inmensos muros hechos de grandes bloques de piedra labrada y sus imponentes construcciones, que se mimetizan con la agreste y preciosa naturaleza que la rodea, la convierten en uno de los lugares más visitados del planeta.
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