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EL KORICANCHA
CUSCO
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VERSION EN INGLES
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UN RECINTO DE FE Y RIQUEZAS HOGAR DE DIOSES, MOMIAS Y HUACAS
A pocos metros
de la Plaza de Armas del Cusco (3,360 m.s.n.m.), la "Capital
Arqueológica de América", se encuentran los cimientos y muros
de lo que fue el santuario más venerado del Tawantinsuyo: el
Koricancha, el sagrado Templo del Sol.
Tenía sus muros interiores revestidos de oro, era un lugar de inimaginables riquezas y motivo de profunda veneración y respeto. Así fue el Koricancha de los incas, un fastuoso templo levantado en honor al Inti o dios Sol -su máxima deidad-, en donde sólo podían ingresar los que ayunaban y traían una pesada carga sobre sus hombros, como signo de humildad.
Fueron los primeros incas -herederos de Manco Capac- quienes proclamaron al Sol como su dios supremo y ordenaron la inmediata construcción de un templo austero, para rendirle culto.
Fue Pachacutec (el que transforma la tierra en español), quien ordenó su remodelación y lo llamó Koricancha (recinto de oro), dotándolo de los finos acabados y las magníficas riquezas descritas por los conquistadores.
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Una historia basada en los datos proporcionado por los cronistas como Cieza de León, quien recorrió el Cusco entre 1547 y 1550 proveyéndose de información sobre la cultura inca, de las mismas panacas o familias reales. En sus relatos describe al Koricancha como una de las casas más ricas del Cusco, la sagrada capital del Tahuantinsuyo.
En su interior -relataba Cieza, quien también era soldado- se albergaba a la mítica figura del dios Sol hecha de oro puro; y esta era tan grande, que ocupaba una de sus paredes de lado a lado.
Otro cronista, Garcilaso de la Vega -que no era soldado ni español, sino estudioso y mestizo- se referiría a esta suntuosa imagen como un gran disco de oro, que doblaba en tamaño a cualquier otra reliquia. El Dios tenía el rostro redondo con rayos y llamas de fuego.
En el templo no sólo moraba el Dios Sol, sino las momias -ricamente ataviadas- de algunos de los gobernantes incas que en los días de júbilo, eran sacadas en procesión a diferentes puntos de la ciudad imperial.
Durante la época prehispánica, las momias de los incas eran reverenciadas tanto o más que cuando estaban con vida. En el Koricancha, estas convivían con los dioses o huacas de los pueblos vencidos por los hijos del sol. De esta manera aseguraban la sumisión de sus derrotados, incapaces de rebelarse por temor a lo que les pudiera suceder a sus divinidades.
Cambio de divinidad
La armonía del culto en este lugar sagrado fue quebrada en la mañana del 15 de noviembre de 1533, cuando Francisco Pizarro ingresó al Cusco al mando de sus tropas. Entonces llegó un nuevo Dios al "ombligo del mundo inca". Un Dios que traería destrucción y muerte para los adoradores del sol.
Al poco tiempo del arribo de los españoles, la "ciudad sagrada de los incas" fue saqueada. Los incontables y exquisitos tesoros de los templos y palacios, incluido los del Koricancha, pasaron a las manos ávidas de oro de los conquistadores. Sueños de riqueza se hacían realidad en la capital del Tawantinsuyo.
Los hombres de occidente no dejaron nada. El despojo fue total y el Koricancha, que contenía ingentes cantidades de oro, fue el blanco preferido de los hispanos. Sus veneradas imágenes, incluyendo las respetadas momias de los incas, fueron sacadas en vilo como ordinarios botines de guerra, sin ningún tipo de consideración y ante la indignada impotencia de los creyentes.
Pero el desmantelamiento del templo había empezado antes, cuando parte de sus tesoros fueron enviados a Cajamarca, para pagar el rescate que le devolvería la libertad a Atahualpa, capturado por Pizarro. Libertad que nunca llegó. Los españoles no cumplieron su promesa. El Inca fue condenado a muerte.
Surge una leyenda
Era tanta la fama de este santuario inca que mucho tiempo después de su saqueo, seguía siendo visitado por españoles deseosos de hallar algún tesoro oculto. Una pieza de oro que llenara sus bolsillos y saciara sus anhelos de riqueza.
Impulsados por la codicia seguían excavando en sus inmediaciones. Ellos creían que los indígenas habían escondido buena parte de las imágenes de oro, porque en su resignación preferían perderlas, antes que verlas caer en manos foráneas.
La supuesta existencia de estos bienes perdidos, dio origen a una serie de sorprendente historias, como la que señala que detrás del Koricancha se encontraría una entrada llamada la gran Chingana, que conduciría a Sacsayhuaman -una impactante construcción inca al norte del Cusco- y al gran Paitití, la ciudad de las riquezas, oculta en la espesura de la selva.
Según el mito, por este camino huyó el príncipe Choque Auqui o "Príncipe Dorado", hermano de Huascar y Atahualpa, quien antes del inicio de la guerra por la sucesión de su padre Huayna Capac, partió del palacio de Amarucancha llevándose la momia de su progenitor, la estatua de oro de este y la sagrada imagen del Sol.
Su séquito estaba formado por los amautas (maestros), los quipucamayocs (llevaban las cuentas del imperio), las ajllas (vírgenes del Sol), los sacerdotes y parte de la nobleza quechua. Todos se dirigían al misterioso Paitití. ¿Realidad o ficción? Hasta ahora nadie lo sabe.
Lo que si se sabe es que tras la llegada de los extraños hombres barbados, se levantaron sobre los templos y palacios incas, las casas e iglesias de los españoles no sólo para valerse de sus sólido muros de piedra, sino con la intención de aprovechar el aura sagrada de los mismos, en la tarea de catequizar a los "paganos" del "Nuevo Mundo".
Y fue así que sobre el Koricancha, se edificó la iglesia y convento de Santa Domingo, en la que aún se puede admirar los hermosos bloques de piedra finamente labrados del templo inca, los cuales contrastan con el estilo barroco de la construcción católica, siendo un claro ejemplo de la fusión cultural entre estos dos mundos, que después de su brutal encuentro, dieron a luz una singular ciudad mestiza.
A pesar de todo, los habitantes del ande nunca olvidaron a sus dioses. Siempre los recuerdan y renuevan sus creencias durante el famoso Inti Raymi o Fiesta del Sol, que se inicia en el Koricancha, el recinto que dejó ser de oro, pero sigue conservando la grandeza de sus muros de piedra.
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