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MARAS
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VERSION EN INGLES
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Maras
El pueblo de la sal
Dos viajeros
se encuentran al retornar al Cusco. Los dos tienen una historia
que contarse. Uno, habla de unas salineras fabulosas; el otro
describe sus pensamientos y su angustia por tomar un camino
equivocado. De esa conversación surge este crónica, que tiene
como telón de fondo las añejas casonas y las pozas rebosantes
de blancura de Maras: un pueblo y un salar, localizado en la
provincia de Urubamba, a menos de 50 kilómetros de la capital
de los Incas.
Sentada en una piedra, una mujer mira sin mirar a las ovejas que entretienen el hambre con la melena amarillenta del pasto reseco. A su lado, una cuadrilla de perros achacosos simula fiereza, encorvan los lomos y le ladran al viento, a la soledad, al hambre, o, quizás, a los malos espíritus o almas en pena de las leyendas andinas.
Muy cerca de ahí, alguien se detiene para contemplar el horizonte de cerros henchidamente lejanos y nubes sombrías a punto de volverse aguacero. ¿Estaré cerca?, se pregunta antes de decidir la postergación del descanso y de echarse a andar por ese camino incierto, casi inexistente, por el que pretende llegar al salar de Maras.
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La mujer sigue sentada en la piedra, mirando sin mirar a las ovejas e indiferente al alboroto de los canes que ahora ladran con más fuerza, mostrando sus colmillos y estremecidos por su furia instintiva. Ya no espantan a la soledad ni a un alma en pena, sino a un hombre sudoroso con cara de susto y el paso dubitativo de quien se cree perdido.
¿Dónde está el salar?, inquiere el hombre con el aliento entrecortado. ¿Sal, la sal?, repite con insistencia, quizás con desesperación. La mujer parece despertar de su sueño de ojos abiertos, y voltea y lo observa y balbucea en quechua palabras que el viajero no conoce, palabras que se mezclan con el bronco ladrido de los perros.
El hombre no entiende nada. Renuncia a las preguntas y sólo dice gracias, gracias, mientras se aleja despacito, para no encorajinar más a los perros; entonces, vuelve a caminar "hacia allá", "hacia el fondo", como le indicaron en el pueblo, luego que rechazara -con tonito de indignación- la oferta de un taxista que le proponía un ida y vuelta motorizado hasta el mismísimo salar.
"¿Qué me vaya en carro?... ¿ni pensarlo!, ¡jamás de los jamases! Solo y a pie", rugió en los inicios de su aventura, cuando recién había aparecido -con aire ganador y sonrisita de andariego empedernido- en las calles desiertas de Maras, una comunidad localizada a menos de 50 kilómetros al oeste del Cusco, a más de 3,000 m.s.n.m.
Eran las 11 de la mañana y el cielo tartamudeaba lluvia. Eso parecía no importarle. Estaba apurado y ansioso por llegar al salar, tanto, que apenas si recorrió el pueblo que fundara en la colonia, Pedro Ortiz de Orué; apenas si vio de reojo su simpática iglesia de adobe con su impactante cruz de granito, aunque no se enteró que en su interior se exhibían preciosas pinturas de la escuela cusqueña.
Lo que sí le llamó la atención, fueron los escudos de armas "tatuados" en los dinteles de piedra de las casonas avejentadas. Una herencia de los nobles españoles que poblaron Maras, cuando el pueblo era paso obligado en la ruta de los arrieros que transportaban coca y otros productos provenientes de los valles tibiecitos de la selva, con destino a los principales mercados del virreinato.
Si decidía quedarse más tiempo, es probable que alguien le hubiera contado que los primero maras formaron parte de la panaca (familia) del príncipe Ayar Kachi, el señor de la Sal, que en compañía de sus tres hermanos salió del Tampu T´oqo, una montaña de la provincia cusqueña de Paruro, con el objetivo de fundar las bases de la civilización Inca.
En el camino -según la leyenda de los hermanos Ayar- el príncipe Kachi se convierte en una montaña que cobija en su interior una gran mina de sal. Se cree, también, que un chorro de agua proveniente de sus entrañas es el que formó las impresionantes salineras, similares a gigantescos escalones que se precipitan hacia el valle del Urubamba, el río sagrado de los Incas.
Por el apuro, el hombre que ahora camina hacia el salar por una ruta incierta (de no más de 6 kilómetros), se perdió de una gran historia. Ahora, en Maras, ya no hay viajeros de sonrisa ganadora ni gesto confiado. Sólo queda el taxista y las nubes que siguen tartamudeando gotitas de lluvia.
Quebrada de sal
Ya no escucha a los perros. Ahora sólo oye el tenue "latido" de sus pasos cansados que lo llevan al... bueno, no tiene la certeza de a dónde lo llevan, aunque tiene la esperanza de que en algún momento llegará a la esplendorosa blancura de esos 3 mil pozos de sal de 5 metros cada uno, que se encuentran escalonados en la terrosa y sombría quebrada de Qaqawiñay.
¿Llegará realmente al rico yacimiento de 5 mil metros cuadrados o renunciará en el camino? Si lo hiciera, podría ver a los descendientes del príncipe Kachi, extrayendo la sal con el mismo método que utilizaban los incas, el cual consiste en almacenar en los pozos el agua subterránea -con alto contenido de cloruro de sodio- que aflora en el lugar.
El siguiente paso es esperar la evaporación del agua, proceso que dura aproximadamente 10 días. Cuando esto ocurre, las pozas quedan cubiertas por una capa de sal de aproximadamente 10 centímetros de alto, la que posteriormente es granulada, yodada y embolsada, siendo esta actividad una de las principales fuentes de ingreso de la zona.
"Debo de estar cerca", presume el viajero. "Llevo una hora de andar", calcula. "Me dijeron que estaba cerquita", se anima al recordar la frase que repitieron más de una vez, los que le indicaron el camino. Pero lo que él no sabía -de eso recién se enteraría en el bus de regreso al Cusco- es que en el Perú nada queda lejos, todo está cerquita, aquicito nomás...
Y sigue dándole al camino. Cada vez se aleja más. Caray, no escucha mis gritos, no entiende mis señales. Qué pena, él cree que va hacia el salar, pero está equivocado, porque así veamos los mismos nevados -La Verónica y el Chikón- o paseemos nuestro cansancio por esta quebrada en la que alguna vez se realizaron pagos a la tierra, él no logrará ver el salar, él esta yendo por la senda equivocada.
Quizás debió aceptar el ofrecimiento del taxista. Quizás debió pasear un poco más por el pueblo de Maras. Así nos hubiéramos encontrado en la Plaza. Así hubiéramos caminado juntos. Hoy, él no vio la salinera. Por eso le hablo de ella en el bus de retorno al Cusco; y, por eso, él me habla de sus pasos extraviados en la histórica tierra de los descendientes de Ayar Kachi.
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