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ANECDOTAS del CAMINO INCA
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VERSION EN INGLES
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Avatares de un viajero
En la búsqueda de Machu Picchu
La información queda al margen.
El viajero se rebela y deja los datos encerrados en su libreta
de apuntes. Sólo quiere recordar, ordenar un poco sus sentimientos
y plasmarlos en estas líneas, en un intento desesperado por
describir su propia visión del camino inca a Machu Picchu, esa
particular aventura en la que el cansancio físico, es derrotado
por la mágica composición del paisaje andino.
Da cólera, pues. Uno está cansado, desfalleciendo, con el cuerpo hecho un trapo y de pronto en esa cuesta pretenciosa que da la impresión de querer llegar al cielo, aparece un grupo de muchachos limpiecitos y bien peinados como figurines de sastre, engulléndose el camino con una voracidad comparable a la de un batallón de termitas.
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Qué envidia. Uno dando pena en el ascenso al abra de Warmiwañusqa (4,200 m.s.n.m.) el punto más alto del camino inca a Machu Picchu y estos jóvencitos -robustos como roperos- se dan el lujo de andar con total desenfado, como si estuvieran de paseo en una alameda o un boulevard y no en las alturas de los Andes, donde el aire escasea, donde el aire nunca alcanza.
Los "jóvenes roperos" desaparecen en una curva; entonces, la cólera empieza a difuminarse y otra vez me concentro en la búsqueda de mi fuerza interior (por algún lado estaría oculta la muy cobarde) sin imaginar siquiera que mi recién estrenado orgullo de caminante, estaba a punto de sufrir una profunda estocada.
Quizás a ustedes -estimados lectores- esta historia no les interese en lo más mínimo, pero debo confesarles que me estoy tomando una licencia, porque después de haber caminado cuatro días seguidos, creo que tengo el derecho de rebelarme y olvidarme por un momento de la rigurosidad de los datos periodísticos, para delinearles otros matices de mi aventura en sendas incaicas.
Bueno, estaba en la desesperada búsqueda de mi fuerza interior, cuando veo pasar a un par de niños más blancos que la leche, dando brinquitos y correteando de lo lindo. Eso era demasiado. Sentí vergüenza, empuñé mi cámara fotográfica, aplané mi delatora barriga sedentaria y volví al camino. Ya nada me detendría. Alcanzaría a los "roperos".
Como era de esperar mis intentos fueron vanos. El resto de la travesía fue una auténtica pelea entre el agotamiento y las ganas de continuar, una feroz pugna entre la desmoralización ocasionada por el dolor físico y el regocijo espiritual que se desbordaba al contemplar la mágica composición del paisaje andino, con esas montañas vestidas de verde o arropadas de nieve.
Al fin llego al abra de Warmiwañusqa (mujer muerta en castellano). Ahora domino el panorama. Veo escalones de piedra que descienden y se alargan como serpientes. Veo la cordillera del Urubamba. Veo a decenas de hombres y mujeres -de todas las razas, de todas las naciones- que luchan por superar la cuesta prolongada.
Y pienso en las contradicciones de la historia. Pienso que hace más de 500 años, un puñado de hombres del otro lado del mundo, transitaban, también, los caminos de los incas, pero lo hacían con desdén y hasta con cierto desprecio, amparándose en esa supuesta superioridad cultural, que los obnubilaba hasta el punto de dudar de la "condición humana" de los hijos del ande.
Ahora las cosas han cambiado. Los caminantes no vienen a conquistar. Ellos sólo admiran y tratan de descubrir la riqueza que las culturas prehispánicas heredaron a este pedacito del planeta llamado Perú, a estas "tierras del inca, que el sol ilumina porque Dios lo manda", como reza el patriótico estribillo de una canción popular.
Eso fue lo que pensé en Warmiwañusqa, cuando todavía faltaban dos días para arribar a Machu Picchu, la máxima expresión de la arquitectura incaica. Estaba cansado pero feliz, tanto o más que al empezar con paso vigoroso -lamentablemente este se esfumó a las dos horas- el recorrido por el famoso camino inca, una de las rutas de trekking más atractivas del orbe.
El inicio es sencillo. Se cruza un puente colgante en Piskacucho (kilómetro 82 de la vía férrea Cusco Machu Picchu), se remonta una pequeña cuesta y de ahí todo es pampita por un buen tiempo; además, la vista es preciosa: la inmensidad de la cordillera del Urubamba y la imagen del nevado La Verónica (5860 metros de altura), antiguamente llamado Weqey Willka (lágrima sagrada).
Qué feliz me sentía, era un explorador, un avezado pionero o, mejor dicho -y no exagero al hacerlo- la reencarnación de un chasqui, esos míticos correos incásicos, que transitaban rapidito nomás los caminos de piedra labrada, para llevar mensajes y productos a las autoridades del Tawantinsuyo.
Las fuerzas se marcharon en la tarde de ese mismo día y no volvieron jamás. Al contrario, la situación no sólo fue crítica -con sus respectivas miradas de encono a los caminantes de mayor resistencia- sino que se volvió insostenible al tercer día, luego de superar el abra de Phuyupatamarka (lugar sobre las nubes), y conocer los restos arqueológicos del mismo nombre.
Antes de seguir con el relato, déjenme escribir que los incas eran acertadísimos al bautizar sus lugares, porque Phuyapatamarka (3680 m.s.n.m.) casi siempre está embotado de nubes; bueno, mejor vuelvo a la historia, les decía que luego de superar el abra y conocer el complejo arqueológico -un importante centro administrativo y religioso- sentí un dolor fortísimo.
¡Es la hecatombe!, pensé con desesperación al darme cuenta que mi rodilla ya no daba más. Flexionarla se había convertido en un drama y lo peor era que tenía que descender una inmensa cantidad de escalones de piedra. Censuré los grito de dolor y comencé a andar a paso de procesión. Me convertí en el último viajero. Me sentí solo en el camino.
Lo demás es fácil de narrar. Vencí el dolor, reestrené mi orgullo de caminante y llegué al campamento como tres horas después de lo esperado. El descanso fue reparador, unas cervecitas, un intercambio de palabras con unas lindas muchachitas coloradas como un camarón y la visita obligada al sector ceremonial y los andenes de Wiñaywayna (siempre joven).
Al amanecer del día siguiente, partí hacia la ciudadela. Ya no hubo contratiempos con la rodilla, pero sí con el tiempo. Brumas y niebla en los últimos pasos y... ¿ qué encontré en la ciudadela?; no, eso prefiero no contarlo, mejor los dejo con la intriga. Quizás así se animen a conocer el fabuloso camino de los incas.
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